martes, julio 11, 2006

Lloro...

Hoy es martes, 11 de julio. Llueve en Santiago. Salí a vacaciones de invierno y éste parece ser el día perfecto para quedarse en casa. Una buena oportunidad para ver televisión sin preocupaciones, para leer sin apuro o para dormir sin poner despertador. Sin embargo, nada de eso me contenta. Yo quiero que vuelva el mundial!!! Hace ya dos días que se acabó. Un final que llegó más rápido de lo pronosticado. Un mes completo que se pasó volando en jet.

Ahora que estoy desocupado no hay partidos. ¡Bien buena la cosa! Y lo más terrible es que hay que esperar cuatro años para la próxima copa del mundo. 48 meses para poder inventar pronósticos o para comentar quién será el mejor jugador del campeonato. Cuánta tristeza! Ya no habrá razones para levantarse temprano un domingo. Ni siquiera una fuerte causa para juntar todos los suplementos deportivos de los diarios o para ingresar a algunas páginas de la internet y guardar las mejores fotos. No existe razón para oir a Carcuro, Guarelo, Solabarrieta o al mítico Patricio Yañez. Ahora ya nadie raya con la copa del mundo. Extrañaré la canción de Coca Cola, el verdadero hit del mundial.

El domingo fue uno de los días más esperados, como así también uno de los más tristes. Se jugaba la final del campeonato, porfin sabríamos quién ganaría. Pero qué importaba si yo estaba apenado porque ese día se terminaba el gran momento del fútbol. La máxima cita de los mejores jugadores. El espectáculo más hermoso del planeta llegaba a su fin. La gloria sería para una selección. Pero...¿Qué hay conmigo? Yo y otros más nos quedamos sin fiesta. Se acaba todo y no queda más que esperar. Y por ahora... llorar. Sí lloro.

El día de la final no sé si tenía la piel de gallina en la definición a penales era por los nervios de saber quién se llevaría la copa o por la congoja y el temor de saber que tan sólo en unos minutos ya no habría más. Se extinguía el mes más esperado de los últimos cuatro años seguramente.Quizás estoy disconforme y siento que algo faltó, pero ya fue, el mundial (y Ronaldinho en él) es historia.
Ya no saco nada con lamentos y sollozos. No lograré nada con esto que escribo, pero al menos me deshaogo y expreso mi pena. Mis ganas de volver a ver un partido mundialero y sentir que todo el mundo es una fiesta. Menos mal que grabé la final.

viernes, julio 07, 2006

De Paseo por la Luna


El otro día fui a la luna porque me encargaron escribir un guión cinematográfico. Pensé que sería fácil, pero no. Demasiadas distracciones. Primero me detuvieron en la aduana porque no podía pasar más allá de la atmósfera con el tarro de leche condensada que llevaba conmigo. Sin recibir explicaciones científicas me lo tomé entero para que los guardias del espacio no tuvieran la posibilidad de probar ni siquiera una gota.

Una vez en la luna me disponía a redactar el guión. Pero me encontré con Dan Brown. Luego de una breve charla me dijo que si miraba en tal dirección, justo a las 9.37 vería la silueta perfecta de Leonardo Da Vinci. Sin embargo, creo que mi reloj estaba malo o no funcionó allá arriba, porque después de esperar harto rato, mirando al punto indicado, no apareció ni la punta de la nariz de Da Vinci, y eso que era bastante narigón. Harto bromista salió Dan Brown, y yo ingenuamente le creí.

Trataba de pensar en algo ingenioso para el guión. Pero nada me gustaba. Se me ocurrió contar la vida de un fotógrafo cuya carrera se disparaba gracias a una mariposa que se cruzó frente a su lente. Pero me pareció muy aburrido. Entonces saqué mi cámara digital, para fotografiar la vista que tenía en ese momento, mientras tomaba un jugo de arándanos. Apenas la encendí, en el visor apareció una figurita con forma de pila en un vistoso color blanco. La batería estaba muerta.

Soy bien leso, porque se me olvidó cargar las pilas de la cámara y sólo me alcanzó la carga para sacar fotos cuando iba rumbo a la luna. Había paisajes increíbles, pero cuando tenga tiempo iré de nuevo y capturaré cada rincón con la digital. Lo que más me gustó fue la cantidad de árboles, sobretodo los amarillos con café, que parecían cebras. También, pese al poco tiempo que tenía, alcancé a visitar un resorte gigante, que es un lugar adecuado para que la gente libere tensiones. En ese momento el que saltaba en el resorte era Forrest Gump, pero no quise saludarlo porque me iban a dar ganas de comer camarones ecuatorianos.

Ese soy yo cuando iba camino a la luna. No se puede apreciar su color verde porque la foto es en blanco y azul. Como el Colo Colo.

Cuando llegué a la luna me di cuenta al tiro de algo: se nota que los norteamericanos nunca llegaron a la luna como ellos decían. Y todo fue una farsa para tratar de demostrar que ellos son los mejores de todo y para todo en el mundo. Como ese señor que se tiró en bunjie desde un helicóptero sólo para que digan que es un maestro y el mejor de todos en eso. Obvio que era estadounidense. Digo que se nota que nunca llegaron porque la única bandera que encontré fue ésta:




La luna es realmente maravillosa, se puede apreciar la tierra completamente. Es verdad que se ve la muralla china y el obelisco. Pensar que tuve que ir hasta allá arriba para conocerlos. Pero valió la pena. Claro que me fue imposible lograr una buena concentración para escribir el guión. En ese lugar, rebosante de estrellas, y no me refiero a Dan Brown ni a Winona Rider, que también andaba de paseo por ahí, sino a los verdaderos astros que adornan el manto negro, es muy difícil trabajar sin distracciones.


Si van a la luna es mejor no llevar el disco de Coldplay, porque sus canciones son tan pegotes que después van a andar repitiéndolas sin poder parar y no podrán disfrutar del silencio eterno del espacio.


Quería regresar a la tierra. Estaba cansado. Deseaba ya realmente irme. Intenté conseguir una bicicleta para hacer el retorno más rápido. Pero la única que había en toda la luna la estaba usando el omnipresente Dan Brown para el rodaje de su nueva película: “Diarios de Bicicleta”. Me preguntó si quería actuar, pero le dije no gracias, yo soy escritor de cine y no actor. Me di la vuelta y comencé a caminar hacia abajo, pensando en alguna idea para el guión.

lunes, julio 03, 2006

Oh Dios Balota!

Seguramente esta sea la frase que mejor representa el momento actual del mundo. Frase pronunciada por un "sacerdote" en mi colegio, que estoy seguro de que él era un enviado de Dios (de Dios Balota claro). Gracias al Mundial todo gira en torno a un balón, o mejor dicho todo se detiene para ver girar un balón. Basta con oir la canción de Coca-Cola.

Oh Dios Balota, qué sería el planeta sin tí. Me atrevo a decir que existen más fieles a esta divinidad, un tanto esférica, que a otros profetas o mesías. Una religión sin duda, de la que me siento miembro activo. Es por eso quizás la sobrepoblación de pelotas de fútbol que hay en mi pieza. De distintos colores y tamaños. Todas maravillosas. Todas son hermosas. Había estado durmiendo con mi viejo balón Nike, uno que es como de 1999. El pobre está desinflado y sin posibilidades de volver a las canchas, pero me es imposible deshacerme de él, porque como sabrán es un Dios. Un Dios Balota! Claro que a veces los Dioses, en una religión con tantas réplicas del máximo líder espiritual, pueden ser reemplazados. Un nuevo Dios Balota llegó a mí, cuando logré juntar el dinero necesario para adquirirlo. Porque en esta religión a veces hay que invertir, en realidad casi siempre, para así poder participar. Pero bueno, es un Balón hermoso, que de verdad me da pena pegarle una patada, porque desde ese momento comenzará su desgaste. Pero también hay que pensar que sin patadas el Dios no existiría. Para eso fue inventado. Gracias a eso creemos en él.

Quiero aprovechar de disculparme por las diatribas que pude pronunciar en tu contra. Como por ejemplo: Pelota de mierrr...coles. O cosas así, pero es que hay ocasiones en que Dios se pone caprichoso y no quiere entrar al cielo y tocar las redes de la gloria. Dudo que alguna vez haya querido cambiarme de religión. El fútbol es, con seguridad, lo único que jamás cambiaré. No logro imaginar un planeta sin Fútbol. Quizás el Planeta Wally Carretero pueda abstenerse del fútbol...mmm pensándolo bien no, ahí también habría un Dios Balota.
Este es mi antiguo Dios Balota:
Y este es mi nuevo Dios:


Mi obsesión no sé bien de dónde proviene, ya que no fui criado en una familia futbolera, y mis amigos tampoco me guiaron por el buen camino del deporte del balón. Sólo sé que desde que medía menos que un hobbit, un balón ha sido mi juguete favorito. El regalo perfecto. Y el compañero ideal. Recuerdo la mayoría de los Dioses que he tenido. Uno blanco con vistozos verdes y morados en los cascos. Uno marca Puma que me regaló el sabio Michael Alán. Uno con colores negros y rojos, canjeado en la Shell, uno blanco con negro del supermercado Vhymeister (tradición a su servicio) que lo tenía todo Puerto Varas y se llenaba de agua (un Dios deficiente). Uno negro con cascos de colores fosforescentes, que me molestaban y me decían que le sacara las pilas. Tuve también uno chico, número 4, que me gustaba bastante y lo ocupé por mucho tiempo, prefiriéndolo incluso por sobre la número 5. Mi hermano mayor se ganó el Adidas Questra del Mundial de Estados Unidos 94, con lo cual también se ganó toda mi envidia. Años después encontré en oferta un balón Nike, que era el profesional, antes de pensarlo ya había desenfundado mis ahorros y el balón estaba entre mis brazos (uno de los mejores que he tenido). Luego compré otra pelota Nike, una naranja, como las que se usan para jugar en estadios con nieve en Europa. Sin embargo, al día siguiente lo quería cambiar. Era muy duro y no daba buen bote. Mi timidez obligó a que mi mamá hiciera las gestiones necesarias para cambiarlo. Un tradicional balón blanco fue el escogido para reemplazar al Dios que parecía naranja Thompson. Adquirí también un balón pequeño, réplica del Nike que les mencionaba y que ahora está jubildado. Esa réplica de Dios en versión miniatura, está firmada por jugadores de la Católica. Bueno, omito aquí todos los balones de esponja, de goma o de género que tengo y he tenido.
Para mi cumpleaños de 2004, si no me equivoco, no se me ocurrió nada mejor que pedirle a mi mamá que me regalará un balón. Sí, aunque no lo crean, otro más. En esa oportunidad pedí uno bueno. Un Nike de buen cuero y un modelo además estiloso. Tenía líneas de colores, verde, rojo y amarillo, y creo que azul también. Digo tenía porque el uso le borró los colores, y el uso también terminó por hacerlo perder el aire perpetuamente. Ese también ha sido de los mejores. Tras el deceso de ese Dios, me vi obligado a permanecer un tiempo sin un balón en Santiago. Tuve que conformarme con jugar dentro del departamento sólo con un pequeño balón número 3, azul con amarillo como el Impreza de Tommy Mckinnen. Pero bendito sea el ahorro. Cuando logré juntar el dinero necesario, no lo dudé y me dirigí a la tienda más cercana, en busca del modelo Nike que tenía entre ceja y pestaña. Me sentí triste cuando ví que sólo había uno, y medio despintado. Pero en otro cajón de Dioses había varios más. Escogí uno que estuviera envuelto en una bolsa, para asegurarme de que estuviera nuevo de paquete. Ahora duermo con él. Cuando puedo lo saco a pasear, pero aún no me he dado el gusto de pegarle una buena patada. De esas que hacen que Dios sea mi más grande afición.